miércoles 14 de septiembre de 2011

Gritos silenciosos

Tres historias, tres abusos, tres experiencias vividas en momentos diferentes, pero que revelan la vulnerabilidad de las mujeres en las calles de San Salvador. Una narración que gira en torno al silencio, la culpa, el miedo y el deseo de seguir adelante.

En ese momento ella creía que la vida se le acababa. Su cuerpo diminuto, adolorido por los apretones, temblaba. No tenía fuerzas para seguir luchando. El tiempo le parecía eterno. Lloraba. Estaba aterrada. Apenas miraba las paredes percudidas del cuarto en el cual se encontraba encarcelada. Un golpe en el ojo y las lágrimas le impedían ver con claridad otros detalles de la habitación. Su respiración era cortada, al ritmo del vaivén brusco con el que estaba siendo atacada. Sentía un dolor intenso, como si rasgaran su piel, como si estuviera siendo cortada por dentro. Quería gritar pero no podía.

Después de un año, Flor aún recuerda ese episodio. Mirando al suelo y sosteniendo entre sus manos un pañuelo de papel, con el cual seca sus lágrimas, revive el dolor de aquella tarde de abril. Ese día salió de su casa, ubicada en Ciudad Merliot, y se dirigió a una entrevista de trabajo en una sala de belleza en un centro comercial del Boulevard Los Héroes. Todo parecía normal. Caminó hacia la parada de buses, frente a Plaza Merliot, y ahí esperó cinco minutos hasta que llegó la Ruta 101 D. Subió, pagó su pasaje al motorista y, como era de costumbre, se dirigió al penúltimo asiento del transporte, cerca de la ventana, a la par de la puerta de salida, donde le gustaba sentarse para ver el paisaje y a las personas que transitaban por las calles.

Flor estaba despreocupada y se sentía feliz porque tenía una oportunidad de trabajo, después de más de un año desempleada. Miró el reloj y vio que solo habían transcurrido siete minutos. Iba a tiempo. Su entrevista había sido marcada para las 2:30 de la tarde. El autobús hizo una parada y se subió una pareja de novios, la cual se sentó cuatro asientos adelante del suyo; una señora de unos 50 años, que se ubicó en la primera fila; y un hombre, que aparentaba tener 35 años, que se colocó a su lado. El individuo usaba unos pantalones jeans azules, tenis negros, con apariencia sucia y gastada; una camiseta gris holgada, fuera del pantalón, y tenía una mochila negra colgada en la espalda. Era trigueño, cabello corto y rostro bien rasurado. Flor no recuerda mucho sus facciones, no obstante, perpetúa en su olfato el perfume dulce y ofensivo que cargaba.

En esa época, Flor Amaya, de 32 años, era soltera; pero hacía ocho meses era novia de Luís, a quien conoció por una de sus mejores amigas. Estaba enamorada. Le encantaba su sonrisa y caballerosidad. Aunque sabía que llevaban poco tiempo, su sueño era casarse con él. Vivía con una hermana mayor, su cuñado y dos sobrinos. Su madre falleció cuando tenía 20 años y, aunque conoció a su padre, no se acuerda de él porque abandonó a la familia cuando ella tenía un año y medio. Su antiguo trabajo también fue en una sala de belleza, pero como ésta fue cerrada, se dedicó a hacer oficios como estilista. Algunas personas llegaban a su casa para que ella les cortara el cabello, lo pintara, hiciera tratamientos o arreglara sus uñas. Sin embargo, el dinero que ganaba era muy poco y no tenía mucha clientela. Por mes recibía un aproximado de $210, que le servían para ayudar con los gastos de la casa y pagar sus cuentas. Al final, no le sobraba casi nada para ahorrar. Necesitaba un empleo fijo. Estar desempleada significaba para ella tener que privarse de salir con su novio y amigos, no poder comprar todo lo que necesitaba y ser dependiente de su hermana. Eso la angustiaba y, a veces, la deprimía. Pensaba en abrir su propio negocio, pero para ello debía tener su clientela.

En el momento en el cual aquel hombre se sentó a su lado, habiendo tanto espacio vacío, Flor sintió temor. Estaba inquieta y quiso bajarse antes; sin embargo, creyó que todo era cosa de su imaginación. Intentó tranquilizarse y siguió viendo por la ventana. Habían transcurrido 20 minutos y estaba cerca de su destino. “Dos paradas más y me bajo”, pensó. Empezó a alistar sus cosas, se puso el ala de la cartera en el hombro e hizo seña de levantarse; pero el hombre que no se movió, la agarró del brazo con ímpetu y la volvió a sentar:

-Solo te bajás cuando yo diga. Te vas conmigo y, si intentás gritar, te morís. - Le dijo en voz baja, pero imperativa.

La mujer se puso pálida. Empezó a temblar y con la voz entrecortada le dijo:

-Mire, yo no ando nada. Solo tengo este celular. Agárrelo. Llévese lo que quiera, pero no me haga daño.

-Ya te dije que te estés quieta. Vas a hacer lo que yo te diga…No quiero ninguna de esas mierdas. Vos te vas a bajar conmigo.

-Mire, por favor, no me haga esto…

-¡Callate!

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En El Salvador, existe una cifra elevada de mujeres que sufren abusos sexuales. Según el Instituto de Medicina Legal, del 2001 al 2010, han sido atendidas 35 mil 303 víctimas. Entre el 80 y 90 por ciento de ellas son mujeres. Solo en 2008, casi 2,500 casos de abuso sexual llegaron a las puertas de la institución forense. El informe revela que los perfiles y características de estos hechos tienen muchas coincidencias en cuanto a rangos de edades de las víctimas, el prototipo de los agresores y los lugares en que se cometen esos maltratos.

Así como Flor, Ana enfrentó una situación similar en el autobús. Eran las 5:30 de la tarde. Había terminado la última clase del día y estaba cansada. Tomó la ruta 44, cerca de la universidad, y se bajó en el Parque Infantil, donde tomaría el bus de la 20 que la lleva hasta su casa, en Cuscatancingo. Se subió y le molestó que no hubiera puestos vacíos adelante, ya que no le gustaba irse en medio o atrás. Se sentó justo a la mitad y casi a la orilla del asiento.

Ana tiene 20 años. Estudia Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Sentada en una de las bancas de la UCA continúa contando lo que le sucedió aquella tarde de marzo de 2010.

A pocas paradas se bajaron muchas personas, y se subió una sola. Era un hombre gordo, no muy alto, moreno. Usaba unos pantalones desgastados, unos tenis viejos y una camiseta blanca. Tenía unos 38 años. Se dirigió hacia Ana y bruscamente se sentó junto a ella empujándola hacia el fondo del asiento.

- “¿Venís de estudiar?”, le dijo. Ana prefirió ignorarlo y dirigió su mirada hacia la ventana. El sujeto le repitió la pregunta. “-Ajá-, le contestó ella. Entre pláticas cordiales, el hombre trató de disimular sus intenciones. Sin embargo, pasaron pocos segundos para que él se aproximara y colocara una cuchilla en su cintura.

Para la sicóloga Marcela Orantes, quien ha tratado a víctimas de abuso sexual, “los abusadores utilizan ciertas modalidades para atacar a las personas como privación de libertad, violencia y el engaño”. A partir de la similitud en los relatos de sus pacientes, sostiene que “el violador, en muchos casos, es una persona que no aparenta ningún tipo de desconfianza y realiza sus actos sin detenerse a no ser que intervenga alguien y lo detenga”.

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El sujeto no le pareció sospechoso. Lo que le preocupaba era que no hubiera casi nadie en la parada. Por lo general, La Ceiba de Guadalupe, a las 6:00 de la tarde es muy transitada. Sin embargo, ese día Idalia esperaba sola a su hermano, quien la recogería, como todos los martes y jueves, al otro lado de la calle. Siempre estaba atenta, por lo que se percató, cuando se iba a cruzar la vía, que un hombre se le acercaba, por ello decidió regresar a la acera y darle el paso.

Idalia, a sus 23 años, acababa de terminar sus estudios de fisioterapia y estaba a punto de recibir el título. Esa misma semana sería su graduación. Para ella y su familia era importante celebrar este momento, porque representaba la satisfacción de superarse profesionalmente. Durante la semana vivía con su hermano en casa de sus tíos en Ciudad Delgado, pero los fines de semana regresaba a Santa Ana para visitar a sus padres. Es la mayor de cinco hijos y, por su baja condición económica, tuvo que trabajar desde muy joven para ayudar a su familia.

El hombre aparentaba tener 28 años. Era delgado, moreno claro y cabello castaño. Vestía con ropa formal: pantalón de mezclilla negra, camisa de rayas manga larga y zapatos negros de vestir. Llevaba un ataché en sus manos. “Se veía como un muchacho normal que venía del trabajo”. Parecía tener prisa, pues se aproximó con rapidez y agitación. “Pensaba que me iba a sobrepasar, por eso me detuve; pero, de repente, él agarró mi brazo. Se me quedó viendo a los ojos. Creí que me había confundido con alguien más”. La empezó a halar hacia la dirección contraria, como yendo al Casino Colonial, amenazándola con un cuchillo que sacó de su portafolio. -No grités porque te mato. – Le decía al oído mientras la apretaba contra su cuerpo. Puso su brazo sobre el hombro de ella y, con la mano, sujetaba el arma apoyada en el abdomen de la mujer. Estaba en shock. “¿Por qué a mí?”, me preguntaba. “Yo pensaba ser la única a la que algo así podía sucederle”, relata mientras apoya su quijada en su palma derecha.

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Flor quería gritar, llorar, golpear aquel hombre. Veía a las demás personas que estaban en el autobús, pero parecía que nadie se daba cuenta de lo que estaba sucediendo. El hombre la agarró por el brazo y, con fuerza, hizo que se levantara. La haló hacia la puerta de salida. Ella estaba desorientada. Intentó luchar, pero él le volvió a advertir que la iba a matar. Se bajaron cerca del Parque Infantil y él la guió por los adentros del centro de San Salvador. Ella no sabía por qué calles la llevaba. Pasaba por hombres, mujeres, niños; oía gritos, carcajadas, voces que la llamaban a comprar; sentía diferentes olores: perfumes, basura, sudor. Estaba mareada. Quería vomitar. El tiempo le parecía una eternidad. Después de mucho caminar, llegaron a un lugar que parecía un mesón. No se fijó en nada más. Sabía lo que le iba a suceder. Tenía miedo. Quería rezar, pero su pensamiento estaba confuso y no se podía concentrar.

El hombre abrió la puerta de hierro, ya con pintura desgastada de color verde oscuro. El cuarto era mal iluminado. No se podían ver detalles. Había un olor de humedad que era insoportable. La náusea de Flor aumentó. Un colchón sucio estaba en el suelo. Parecía podrido. Al lado, se encontraba una silla de hierro que aparentaba estar arruinada. Flor estaba aterrada. El individuo le empezó a pasar sus manos por todo el cuerpo. La besaba y le halaba su largo cabello para intentar quitarle la cola que ella se había hecho. De repente, le dio un golpe en el rostro y la arrojó al colchón. Agarró la mochila que todavía traía en la espalda, sacó una pistola y volvió a aproximarse. Esta vez, no solo las manos de aquel hombre pasaban por su cuerpo, sino también el arma. Ella sentía cómo el frío objeto se mezclaba con el sudor de su agresor que continuaba besándola. Entre forcejeos, empezó a quitarle la blusa. Le mordió el cuello, las mejillas, los senos. Flor sentía mucho dolor. Un dolor que le arrancaba la piel. El tipo bajó las manos hasta su abdomen y, con un fuerte impulso, arrancó el broche de su pantalón.

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Según estadísticas de la Policía Nacional Civil (PNC), en el 2011 el sector más vulnerable en caso de abusos sexuales y que presentan altos niveles de riesgo de violencia son las mujeres jóvenes, entre los 18 y 25 años. Al mismo tiempo, la Encuesta Nacional de Salud Familiar, FESAL, indica que en el 2008 una de cada 10 mujeres reportó violación sexual con o sin penetración.

Mientras fingía cordialidad, el sujeto amenazó a Ana. - “Ahora fingí que somos novios. Este es un asalto”. El hombre registró su cartera y no le encontró nada. Ana estaba aterrada. Si no andás nada me vas a pagar de otra manera”, le dijo. En ese momento ella apretó fuertemente la chamarra que llevaba sobre sus piernas y le suplicó que no le hiciera nada, más sus ruegos fueron en vano.

Con disimulo empezó a meter la mano bajo su blusa, tocando sus pechos. Las lágrimas comenzaron a correr sobre sus mejillas. “No, por favor”, insistía; pero él seguía tocándola mientras presionaba con la otra mano la cuchilla.

Ana no recuerda el rostro del sujeto. Por el miedo nunca levantó la vista, siempre estuvo mirando hacia abajo y solo observaba las manos de su agresor. “Eran gordas, con las uñas negras y mal cortadas. Parecía que se las comía porque lucían despellejadas”, relata, mientras guarda un poco de silencio, porque se le ha cortado la voz. Tiene los ojos llorosos, pero aún así sigue hablando.

El hombre sacó la mano de la blusa y empezó a metérsela en el pantalón hasta llegar a sus genitales. Ana apretaba sus piernas para que él no pudiera meter sus dedos. Pero no lo consiguió. Su mente se puso en blanco y su llanto ya era incontrolable, aunque silencioso. Miró a la par y vio cómo un señor estaba observando la escena. “Aún me pregunto por qué no hizo nada. ¿Es que no le importaba lo que me estaba sucediendo?”, se cuestiona en voz alta y rabiosa. “Si tan solo ese hombre se hubiera parado para ayudarme… ”, dice entre suspiros. El pasajero la vio a los ojos, pero luego se puso de pie y bajó del bus. Fue entonces cuando percibió que nadie más se daba cuenta de lo que le estaban haciendo. Ana hubiese querido gritar que la ayudarán, pero el temor la embargaba.

Volvió a decir “no”, con la voz más enfática, y el hombre sacó su mano. –“Qué chillona sos”, le dijo; al mismo tiempo que le advirtió que él se bajaría en la próxima parada y ella más adelante. Y así lo hizo. Una vez el hombre había abandonado el asiento, ella desató su llanto. Miró por un segundo su reloj, no aguantaba las ganas de estar en casa. Eran ya las 6:15 de la tarde. “¿Por qué me eligió a mí?”, se pregunta todavía, entre lágrimas y aberración. Pasaron dos semanas que Ana no salió de casa. Todavía hoy tiene miedo. Siempre está atenta a cualquier persona que se le acerca, pero sabe que debe seguir.

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Había recibido clase de defensa personal hacía un año. Sabía donde golpear al agresor, cómo reaccionar y qué cosas no debían hacerse en caso de un ataque. Sin embargo, ese día no supo cómo actuar. Sus fuerzas no eran suficientes para resistirse a las amenazas y forcejeos del sujeto. La calle estaba oscura y solitaria. Caminaban a pasos rápidos, como si tuvieran prisa. Unos cuantos carros pasaban, pero nadie se percataba de lo que estaba sucediendo. Lo único que Idalia pensaba era que su agresor la iba a matar. A unos cuantos metros, el hombre se percató de la seguridad de una colonia, por lo que decidió cambiar el rumbo y la condujo a unos arbustos cerca del colegio Hermanas Somascas. Habían transcurridos unos 15 minutos.

Mientras recuerda lo sucedido, su voz se exalta y su mirada refleja enojo e impotencia. No lloraba. Parecía indignada. Con sus manos dramatizaba lo que iba contando. Se acuerda que ese día tuvo suerte de vestir con pantalones, de no ser así, el sujeto hubiera abusado de ella con mayor facilidad. “Yo sentía asco de ese hombre. Le tiraba patadas y me resistía a besarlo como él me lo ordenaba. Por unos momentos quería gritar, pero sentía miedo. Los minutos me parecían eternos”.

De repente, el sujeto dejó de tocarla. La empujó hacia el suelo, tomó su cartera y salió corriendo. Todo pasó muy rápido. Desconcertada, se puso de pie, con los ojos llenos de lágrimas. Su cuerpo temblaba. Cuando levantó la mirada, vio que unos policías se le acercaron interrogándola sobre lo sucedido, mientras otros corrían en persecución del agresor, quien había desaparecido rápidamente. En ese momento, los agentes trataron de tranquilizarla, la cuestionaron sobre el hecho y le prestaron el teléfono para que llamara a sus familiares.

Días después Idalia fue citada para reconocer a su agresor; sin embargo, la fecha coincidía con el día de su graduación, y ella optó por asistir a la celebración. Sabía que el asunto se cerraría por falta de su declaración; no obstante, para ella sería inútil ir a testificar. “Yo creo que este tipo de casos nunca se resuelven y los delincuentes quedan en libertad (...) Para mí era fundamental ir a mi graduación porque mi familia y yo luchamos por ese momento y pasamos por muchas necesidades para conseguirlo”, dice. Sin embargo, interrumpe su relato como si aún faltara algo más por decir. Hace una pausa y se pone pensativa. Duda un momento, pero continúa explicando sus razones. “Para ser sincera, siempre pensé primero en mis papás. Ellos no merecían que les arrebatara ese momento. Siempre hicieron todo por nosotros. Esa era mi forma de agradecerles”, afirma sin levantar la mirada del piso.

“Para mí fue difícil, pero a veces estas cosas que te pasan en la vida no pueden impedir que sigás con tus proyectos (…) Por eso preferí no ir a la policía, porque corría el riesgo de estar frente a frente con mi atacante y él me podía buscar después. Además, por lo general, a las mujeres siempre se les culpa de provocar a los hombres, por cómo andás vestida o la manera en que caminás; entonces, ¿para qué complicarme más?”, expresa.

Idalia ha preferido no contar a nadie lo sucedido, pues cree que es algo muy penoso y no todas las personas lo comprenden. Incluso dudó mucho al hablar de su historia. “Hay quienes te ven mal si saben lo que te ha pasado, como si una fuera la culpable (…) Yo no quise esto, jamás lo pensé (…)” dice, pero luego guarda silencio.

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Para Orantes, el abuso sexual no solo es una violación al cuerpo y a la confianza; sino que también es un quiebre a los límites personales, emocionales y sexuales, los cuales provocan marcas a nivel físico, emocional, espiritual y psicológico. No obstante, en algunas ocasiones, todas estas cicatrices son el punto de partida para que la persona que ha sido abusada pueda comenzar su proceso de recuperación, y aprenda a sobre llevar lo que le ha sucedido.

Flor para de hablar, mira hacia fuera de la ventana a unos niños que corren y mueve la pierna derecha con inquietud. Aprieta el pañuelo con sus manos, respira hondo, se seca las lágrimas. Desde que todo sucedió, aunque recibió el apoyo de su familia y de su novio, quien ha estado con ella siempre para ayudarla a enfrentar lo que pasó, su vida no ha tenido paz. No siente seguridad a la hora de salir sola a las calles. Cuando está en casa, siempre se cerciora de tener las puertas bien cerradas para que nadie pueda entrar. A veces tiene que tomar pastillas tranquilizantes para dormir. Tiene pesadillas constantes. Sueña que la persiguen y luego se pregunta si en verdad sucedió. Cualquier mirada en la calle es sinónimo de peligro. Pocas veces responde un “buenos días” y da saltos bruscos cuando le preguntan la hora. Ha perdido peso y ya no le gusta maquillarse tanto. Tiene la apariencia cansada.

Junto al asiento está la foto de una joven sonriente. La mira y dice: “Era yo”. Flor asegura que no ha pedido ayuda profesional porque cree que lo puede superar sola. “Quizá con el tiempo vaya pasando…”, se consuela. Mientras tanto, trata de vivir. Tiene un salón funcional en su casa, en el cual atiende a sus clientes seleccionados. “Si alguien que no conozco ve el letrero y dice que quiere un corte, hombre o mujer, llamo a una vecina para que venga a hacerme compañía”, expresa.

Una radio suena con fuerza en una de las casas vecinas y Flor comienza a tararear la canción. “Me encanta la salsa”, dice con una sonrisa a medias. El pañuelo de papel está un poco más gastado por las lágrimas. Dice un “pues sí” ahogado y continúa.

Recuerda que el calor era insoportable. Flor tenía la mirada fija en el techo. No quería poner atención a lo que le estaba sucediendo. Tantas cosas pasaban por su cabeza, recuerdos de cuando era niña, “¿qué hice mal?, ¿será que yo lo provoqué?, la entrevista de trabajo… soy una idiota, ¿por qué me subí a ese bus? ¿Por qué fui? ¿Por qué, Dios? Mi novio, mi mamá, qué vergüenza…”, luego la mente en blanco…

En este momento parece más tranquila, como si ya todo hubiera terminado. Calla por unos instantes, pero luego revive lo que le sucedió. Ahora habla más rápido y con desesperación. “Volvía a ver el techo mientras sentía cómo el sudor me brotaba en la piel. Me preguntaba si estaba sangrando por el fuerte dolor. A lo lejos escuchaba los gruñidos de aquel hombre, mordiéndome”. Sentía que el tiempo le era eterno, sin embargo fue hasta que el sujeto hizo un ruido estridente que supo que todo había terminado.

Culpabilidad, reproches, depresión, fobias, ansiedad, imposibilidad para regular el afecto, enojo, fobia, problemas de relación con otras personas, dificultad para confiar en los demás y confusión son algunos de los síntomas que las víctimas pueden llegar a presentar después de haber sufrido algún tipo de abuso sexual, asegura la sicóloga Orantes.

En verdad solo habían transcurrido algunos minutos. “Él se levantó, se arregló el pantalón y la camisa, sin soltar la pistola me dijo que me fuera, que si gritaba me iba a matar. Quedé inmóvil. Con paso lento me arreglé la ropa; y, mientras me veía, se tocaba su pene. Me rompió la ropa interior, y las lágrimas me habían quitado el maquillaje”. Flor sentía el cuerpo caliente, él abrió la puerta y le tronó un beso. “Si querés volver, ya sabés dónde estoy”, son las últimas palabras que recuerda.

La gente me veía raro en la calle, pero nadie me preguntó si estaba bien. Por mi apariencia parecía una mendiga. Reconocí después de caminar varias cuadras bajo el sol la Plaza Morazán y le dije a un taxista que me llevara a mi casa. Me vio desconfiado. Le pagué antes, pero no me quería llevar. Pensó que estaba ebria o que era una prostituta, por cómo me veía. “Y la verdad es que me sentía así. En el camino no dejé de llorar. Al llegar a la casa, me quité la ropa como si estuviera quemándome, y me bañé por casi una hora. ¿Ir a la policía? ¿Para qué? El mal ya estaba hecho”.

Está sentada en la sala de su casa, pero parece que todo le es ajeno. “En ningún lugar me siento segura… Siento como si él fuera a volver”. En ese momento no resiste más y llora. Es un llanto inexplicable, profundo, doloroso. Desgarrador. Lágrimas y silencio. No levanta la mirada. Silencio. La música salsa sigue en la casa del vecino, los niños juegan afuera. Pero adentro solo hay silencio. El pañuelo de papel ya está deshecho. Las palabras sobran. Flor no tiene nada más que decir.

lunes 12 de septiembre de 2011

Una realidad indiferente

El presente ensayo está basado en un estudio cuantitativo y cualitativo que refleja la percepción de la ciudadanía frente al trabajo que realiza la Policía Nacional Civil (PNC) en la actual administración, a partir de junio de 2009. Al mismo tiempo, se enmarca en una reflexión sobre la actitud que la población tiene frente al dolor y al sufrimiento, generados por la violencia que, según datos de pesquisas de la casa encuestadora Mitovsky, ha aumentado en un 57%.

Para obtener resultados que fortalecieran la investigación, se contó con 100 encuestas cerradas, a hombres y mujeres entre 18 y 60 años, que viven en sectores de riesgo. Asimismo, se realizaron entrevistas a profundidad a altos y medios mandos de la entidad policial, analistas políticos y a residentes del municipio de San Salvador que hayan tenido una experiencia relacionada a la inseguridad y que recurrieran a la entidad policial.

En dos años del nuevo gobierno, no se han encontrado estudios que demuestren lo que en realidad la ciudadanía piensa sobre la labor de seguridad realizada por la instancia policial. Por lo tanto, los salvadoreños son bombardeados con informaciones no oficiales, transmitidas por los medios de comunicación, que se han caracterizado por ser las fuentes de información con mayor credibilidad en la sociedad. No obstante, dicha confianza semántica se ha ido corrompiendo con el pasar del tiempo debido al sensacionalismo con el que transmiten los hechos de muerte y violencia en El Salvador. Por ello, los mismos ayudan a provocar mayor desconfianza e inseguridad, al no presentar a profundidad lo que se está haciendo por combatir la violencia. Lo que las personas conocen de la realidad es lo que ven en las noticias y lo que experimentan diariamente. Por lo tanto, de acuerdo a la investigación realizada para este estudio, se plantea que los salvadoreños viven atemorizados y, aunque han notado mayor presencia policial en las calles, están poco satisfechos con el trabajo de la policía.

Según Villafañe (1987)[1] la percepción es “un proceso cognitivo porque posee la capacidad de procesar información de distinto origen y de diferente naturaleza”; es decir que, las experiencias de los seres humanos, son las generadoras de conocimientos y, a partir de ellas, se crean juicios positivos o negativos sobre algo. De esa manera, los habitantes de San Salvador crean su propio significado de violencia e interpretan el trabajo que ejecutan las instituciones de seguridad.

La violencia de la que se hablará en este ensayo es la violencia de tipo social que, para Moser y Winton (2002)[2] es la “comisión de actos violentos motivados por un deseo, consciente o inconsciente, de obtener un beneficio social o de obtener y mantener poder social”. Esta temática es de suma importancia, ya que ayuda a comprender cómo la ciudadanía aprecia y valora la seguridad brindada por la PNC y demás instancias encargadas de brindar seguridad a la ciudadanía.

La seguridad ciudadana como un tópico experimental y subjetivo

La investigación partió de la hipótesis: “La percepción ciudadana sobre el trabajo de la PNC es positiva en la población salvadoreña, a pesar del aumento de las cifras de casos de violencia en los últimos meses”; sin embargo, y de acuerdo a las encuestas y entrevistas efectuadas, se comprobó que la tesis ha sido refutada. Esto porque los salvadoreños no se sienten del todo satisfechos con el trabajo de la PNC, ya que notan que el número de actos delictivos y muertes no van en decreciente. Al mismo tiempo, la falta de recursos de la instancia policial y la poca rapidez al recurrir a llamados de emergencia, deterioran la imagen de dicha entidad. Para el 85% de la muestra, el 911, unidad de llamadas de emergencias, es ineficiente, lo que empeora la situación de seguridad. Y es que para la mayoría de los encuestados, para disminuir la violencia es necesario que los policías generen más confianza, mostrando el trabajo que realizan, de forma eficiente y positiva; es decir, propiciando la disminución de crímenes y hechos delictivos con rapidez y que ello se vea reflejado en una mayor presencia policial en las calles y menos corrupción adentro de la instancia policial.

Un factor que abona a estos argumentos, es que en El Salvador, los ciudadanos están inmersos en hechos de violencia y muerte, los cuales son transmitidos por los diferentes medios de comunicación que publican sin restricción, aumentando el temor de la gente. Según Alberto López y Hermida Russo “el sufrimiento es una clave que se arraiga en lo más íntimo de la persona al punto de poder afirmar que sin dolor el hombre no sería tal…sólo el hombre puede sufrir”[3]; por ello, toda la especie humana está condenada a sufrir en la medida en que carece de algo (salud, dinero, tranquilidad, etc.). Por lo tanto, los salvadoreños, al no tener seguridad en las calles, son castigados por la ola de criminalidad y violencia.

Asimismo, la falta de bienestar está presente constantemente, aunque el número de agentes policiales en las calles haya aumentado. De acuerdo a la encuesta que se realizó para este estudio, el 52% de los ciudadanos ha percibido un aumento en el patrullaje en sus colonias. De esos, el 25% sostiene que eso sucede de una a tres veces a la semana. Estos afirman que, aunque exista una mayor presencia policial, no han visto disminución de la delincuencia en sus colonias.

La muerte: un dolor de todos los seres humanos

La muerte, aunque es común en la vida de todo ser humano, es algo difícil de aceptar por parte de las personas. Muchos hombres no admiten que son seres limitados y, como tales, van a morir. Asimismo, hay sufrimientos que son consecuencias de nuestra frágil naturaleza (enfermedades, ancianidad, soledad, etc.); no obstante, no hay que olvidar que el sufrimiento no es sinónimo de infelicidad y que la felicidad tampoco significa ausencia de dolor.

El hombre puede terminar evadiendo el dolor; sin embargo, sin darse cuenta, va dejando de ser hombre, porque al perder los vínculos profundos que lo unen con el otro cae en un vacío terrible. Y es que el ser humano aspira a la eternidad y desea perpetuar más allá de la muerte, no obstante ¿cómo puede salir de su condición temporal si no deja de lado el egoísmo que lo limita a pensar en los otros? Vale la pena, entonces, hacer una reflexión de la muerte desde la razón, sabiendo que hay un límite para todo y es irremediable el sufrimiento.

El Salvador es el segundo país más violento de Centroamérica, con más de 12 muertes diarias y 64 homicidios por cada 100.000 habitantes, ésta ha sido una de las afirmaciones que revelan diversas casas encuestadoras como la del Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP), lo que obliga a pensar que la muerte se ha convertido en números y entre más alta es la cantidad, más noticioso y doloroso resultan ser los acontecimientos. Al mismo tiempo, los medios de comunicación se han encargado de despojar de rostro humano a la muerte, sobre todo porque las cifras son aplastantes y aplastan a la humanidad. Por lo tanto, ¿cómo puede cambiar la manera de ver el dolor ajeno cuando el individuo que sufre no tiene nombre? Cada persona debería plantearse qué es lo que el otro necesita para que nuestra respuesta de necesidad sea de respeto y de mayor compresión, lo que facilitará la convivencia entre los hombres.

La anulación del ser humano como parte de la manipulación informativa

Los medios de comunicación se han caracterizado por ser las fuentes de información con mayor credibilidad en la sociedad. No obstante, dicha confianza semántica se ha ido corrompiendo con el pasar del tiempo debido al sensacionalismo con el que transmiten los hechos de muerte en El Salvador. Pareciera que la ética periodística es inexistente porque es siempre manipulada por la necesidad humana y el contexto. A todo esto se suman los intereses que tienen los medios como estructuras institucionales que, a través de lo verosímil de las imágenes, construyen íconos representativos que encuadran y reducen la realidad. Carlos Álvarez Teijeiro dice que “Desde que los seres humanos somos quienes somos, la información ha sido entendida como sinónimo de poder”[4], lo que conlleva a pensar que entre más se maneje una lógica del dominio, más fragmentada y distorsionada será la percepción de la realidad.

Frente a esta situación, en la que la proyección mediática pudiera distorsionar las noticias sobre lo que realmente ocurre en la sociedad salvadoreña, la ciudadanía también responde. El 61% considera que los actos delincuenciales no han disminuido y el 39% piensa que sí. De igual manera, el 51% dice que no se siente confiado ni seguro en las calles y un 49% asegura que camina con mayor tranquilidad.

Y es que, ante los hechos de muerte por violencia, los medios de comunicación corren tres peligros éticos, respaldados por López y Russo, a la hora de tratar el tema del dolor humano: “camuflarlo en el anonimato, convertirlo en un espectáculo o hacerlo tan trivial que importa lo más mínimo”. El segundo de éstos resulta más común sobre todo por la falta de compasión ante la dolencia de los demás; pues, mientras no se muestre empatía frente al dolor del otro, no se podrá construir una nueva humanidad. Ante esto, Hegel afirma que “…sólo llegamos a ser verdaderos sujetos asumiendo la condición, la verdadera condición de pobre, fracasado y víctima”.[5] Y es que, partiendo de que la ética es una reflexión de las conductas humanas, surge la idea de calidad de vida, pero calidad de vida para pocos, porque siempre que haya tragedia el periodista se inmiscuye hacia lo más drástico de los acontecimientos, donde se encuentran los más desfavorecidos. Aquéllos que no tienen ni voz ni voto dentro de la sociedad y que, por lo tanto, son el instrumento perfecto para que los medios de comunicación hagan la noticia y los más vulnerables al sufrir directamente las consecuencias de la violencia.

El hombre es un ser que, por su misma especie, necesita relacionarse con los demás, pues de otra manera no podría sobrevivir. Por naturaleza, se inclina a defender su vida, pero ¿qué vida pretende defender? El problema radica en que frente al dolor que éste cuestionamiento le causa, la razón humana se pierde en la búsqueda de argumentos que la satisfagan o en acciones que solo complacen su beneficio personal, como aquellos que cuentan con los recursos para pagar seguridad privada y, por ende, se despreocupan de lo que suceda afuera de su territorio. Buscan los mecanismos que permitan asegurarles su comodidad y evitan confrontar la realidad que otras personas puedan estar viviendo, sobre todo las que habitan en las zonas más peligrosas, no solo del municipio de San Salvador, sino de todo el país.

¿Cuál debería ser la actitud de los medios de comunicación y los ciudadanos frente al tema de la muerte y el sufrimiento?

El tema del dolor es uno de los grandes enigmas de la existencia humana: pues, a pesar de convivir con él diariamente, el hombre se resiste a aceptarlo. Ante esto, ¿cómo los medios pueden mostrar la novedad de la noticia frente a un hecho que se ha convertido en algo rutinario y teatral? Hasta el momento, la única vía que ha tomado es la del show y el espectáculo. Se pueden buscar diferentes soluciones para encarar esta problemática de espectacularización de la muerte; sin embargo, resulta más viable una solución antropológica. Según López y Russo “hay que entender que el sufrimiento es una clave que se arraiga en lo más íntimo de la persona, al punto de poder afirmar que sin dolor el hombre no sería tal”. Por ende, se debe exigir una reflexión más profunda de esta temática que toca profundamente al hombre en sí; y antes de cubrir noticias de dolor, deben tener presente la dignidad de la persona que lo padece.

El artículo 1 de la ley orgánica de la PNC, indica que es parte de misión el “proteger y garantizar el libre ejercicio de los derechos y la libertades de las personas; prevenir y combatir toda clase de delito y mantener la paz interna…”[6]: sin embargo, estas afirmaciones no concuerdan con la opinión de la población encuestada, la cual le ha otorgado una nota de 6 en una escala de 10. Del mismo modo, el 77% considera que la corporación está involucrada en actos criminales, lo que genera incertidumbre y desaprobación en la opinión que los habitantes se han generado sobre el compromiso de la PNC al combatir los hechos delictivos.

Nuestra sociedad necesita que trabajemos la idea de consentimiento y que se le pregunte antes de tomar decisiones. Es necesario, por ello, crear una cultura de denuncia, que permita investigar los hechos y evitar la impunidad. Sin embargo, sucede todo lo contrario: el 46% de los encuestados no se siente seguro al denunciar los actos delincuenciales; y, aunque el 88% de la ciudadanía opina que las denuncias son importantes porque es un derecho ciudadano y así le facilitan el trabajo a la PNC, al preguntársele por su eficiencia, el 27% considera que no son efectivos o no llegan a tiempo en los casos de emergencias. Pero, frente a esto, también debe cuestionarse la actitud de la ciudadanía que, frente a la desconfianza que siente de la labor policial, se arraiga en el miedo, la indiferencia y la seguridad individual. Y es que sólo poniendo en práctica el término de versión planteado por Ellacuría, podrán verse las necesidades de los demás sin instrumentalizar la figura humana; algo en lo que Hinkelammert también hace énfasis: “El bien común se destruye en el grado en que toda acción humana es sometida a un cálculo de utilidad”.[7]

En conclusión, es preciso recalcar que a pesar de que la percepción ciudadana no es totalmente positiva sobre la labor policial, vale la pena destacar que se puede trabajar al respecto desde el punto de vista humano. Es decir, que se debe recuperar la preocupación por lo que le sucede al otro, aun si esto no toca el particular; se debe volver a sentir el impacto que causan las muertes violentas, que se están volviendo normales y partes de la cotidianidad. Es cierto que la responsabilidad de combatir la violencia es tarea de la PNC, pero también es un deber de los medios de comunicación, que la sensacionalizan, trabajar al respecto; así como también es una obligación de los ciudadanos que se han vuelto pasivos frente a una problemática que aun si es compleja, no puede ser evadida.


[1] Villafañe, Justo; Introducción a la teoría de la imagen (1987). Ediciones Pirámides, S.A. Madrid

[2] Cruz, José Miguel; Santacruz, María Giralt (2004). La victimización y la percepción de seguridad en El Salvador en 2004. San Salvador, El Salvador: IUDOP.

[3] Alberto López-Hermida Russo en su artículo “La ética del dolor noticioso”.

[4] Carlos Álvarez Teijeiro. “La Manipulación Informativa”. Capítulo 5. Pág. 95.

[5] Reyes Mate, Editorial Anthropos, Barcelona, 1991. “La razón de los vencidos”.

[6] Velásquez, Victoria Marina de Avilés (1997). La seguridad ciudadana, la Policía Nacional Civil y los derechos humanos. San Salvador, El Salvador.

[7] Franz Hinkelammert. “Una ética del bien común para evitar la muerte colectiva”.

jueves 14 de abril de 2011

El patrimonio cultural es conocimiento


Ramón Rivas es un destacado antropólogo con una trayectoria empapada de arte. Su actual cargo como director de Patrimonio de la Secretaría de la Cultura ha venido a complementar su vida profesional.

Según la ley, tiene carácter de patrimonio todo aquello que pasa de los 50 años. Por ende, patrimonio es lo que hemos heredado de nuestros antepasados: arquitectura, costumbres, tradiciones. Sobre esta temática cultural está basada la siguiente entrevista con el doctor Ramón Rivas.

¿En qué condiciones se encuentra el patrimonio cultural en El Salvador?

El patrimonio en El Salvador no lo vemos como quisiéramos, porque este país ha sufrido muchas inclemencias del tiempo y desastres naturales que han destruido valiosas estructuras arquitectónicas. Sin embargo, otra gran parte ha sido arruinada por el desconocimiento del hombre, ya que nadie puede cuidar lo que no conoce. Nosotros no cuidamos nuestro patrimonio porque no sabemos quién lo hizo.

¿Considera que la cultura salvadoreña le resta importancia al patrimonio nacional? ¿Por qué?

Sí, y la migración ha influido en eso. Vivimos en un país con una cultura transculturizada. Poco a poco se van transformando las cosas porque retomamos elementos de otras culturas por la misma globalización. Ya no reflexionamos sobre lo que somos, pensamos y tenemos.

¿En qué medida el patrimonio cultural puede considerarse patrimonio de un pueblo?

Desde el momento en que el pueblo se apropia del elemento cultural. Lo siente suyo. La cultura es el referente de un pueblo y por ello, cuando la gente la conoce, la conserva, la cuida y la empieza a hacer propia. Nadie puede considerarse parte de algo si no sabe qué es ese algo y no se involucra para hacerlo perdurar.

En la actualidad, ¿cómo se están fortaleciendo las áreas de investigación, difusión y protección del patrimonio del país?

Nuestro objetivo es investigar, preservar y difundir el patrimonio. En la actualidad, la tarea es entusiasmar a la población para que disfrute de él. Sabemos que estamos a medias en este fortalecimiento, pero el compromiso es ya de conciencia plena.

Sin embargo, para movernos hay que comenzar con la formación de los padres de familia, porque es en la casa en donde comienza a generarse el conocimiento; también a los educadores en las escuelas y, sobre todo, a nosotros mismos, para tomar conciencia de ello y que crezca el deseo de fortalecer, valorar y conocer la cultura salvadoreña.

¿Cuáles son los obstáculos o problemas con los cuales se están enfrentando para promover el patrimonio cultural en el país?

Uno de los principales problemas ha sido que el tejido social se está transformando; es decir que la sociedad está adoptando patrones culturales externos y se apropia de ellos. Otro obstáculo es la constante migración que conlleva a un tercer aspecto, la cultura global. Estamos bombardeados de elementos foráneos. Y es que la cultura no sólo es vivir, sino que es fuente de vida. Es la vida de un pueblo.

¿Se están apoyando económicamente los proyectos de la Secretaría de la Cultura? ¿De dónde vienen los fondos monetarios?

Obviamente hay un presupuesto de gobierno asignado al ámbito cultural. Pero, también hay países que trabajan y colaboran con todo la labor de investigación. Por ejemplo, España, Japón, Taiwán, entre muchas otras naciones. A pesar de que éste es un recurso importante para el desarrollo de todos los proyectos que tenemos planificados realizar, lo más significativo, y quizá hasta fundamental, son las actitudes de los salvadoreños. No podemos hacer nada si la población no está conciente de lo primordial que es conocer el patrimonio para conservarlo.

miércoles 29 de abril de 2009

Sueños clandestinos


La ciudad comienza a despertar. Son las 5:30 a.m., hora en la que Mauricio Romero, un viudo de 43 años, se levanta para comenzar su trabajo. Cambia el pantalón holgado por el viejo jeans que tanto le gusta, se ajusta las cintas de los zapatos y se sienta en la silla del oscuro rincón, junto al estante donde guarda la mercadería. Por 15 años ha fabricado cohetes, de forma ilegal, en su pequeña casa ubicada en Ciudad Delgado, en San Salvador.

Como cada mañana, enciende el fuego para poner a calentar el café; y, mientras espera, comienza a preparar los periódicos y la pólvora -elaborada principalmente con clorato de potasio, el cual es un componente químico utilizado en medicina, aplicaciones científicas, pero que es explosivo ante el fuego- para mandar el pedido diario a las seis coheterías que provee, situadas en el Parque Libertad, en el Centro de San Salvador.

A las 9:00 a.m. despierta a sus dos hijas, Lorena y Claudia Romero, de cinco y 14 años y quienes acaban de terminar el año escolar, para que le ayuden en el trabajo. La más pequeña de ellas, con sus rizos despeinados, una camiseta de las princesas de Disney y sus pies descalzos, prefiere jugar. Con su muñeca favorita, aquella que hace dos años le puso por nombre Mary, recoge la pólvora que está en el piso y se sienta bajo el viejo estante cerca de donde hierve el café.....

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jueves 11 de diciembre de 2008

La diferencia hace el arte


“No se debe ser completamente normal para hacer arte, se necesita tener algo diferente”, expresó Oscar Martínez, instructor del CENAR. Hay personas con Síndrome de Down que hacen de su condición una aliada fuerte para entrar y destacarse en el mercado artístico salvadoreño.

Dos cajas de herramientas, llenas de pinceles y pinturas, eran sostenidas por las pequeñas manos blancas de Javier Rosales, un joven adulto de 30 años con Síndrome de Down. Su sonrisa cautivadora y ojos verdes como las aceitunas, reflejaban el dinamismo de su personalidad y la alegría de incorporarse a la clase de cerámica que recibe en el Centro Nacional de Arte (CENAR), en San Salvador, todos los días por la tarde. Han pasado 12 años desde que Javier inició su camino artístico en el dibujo, cerámica y música.
“Yo gané el primer lugar, en el año 2007, en un concurso de dibujo y pintura, donde recibí dinero, un diploma y me tomaron fotos”, comentó Rosales; quien, después de trabajar en el salón de cerámica, se dirige a sus clases de dibujo con el arquitecto Artiga, su profesor en el centro de arte. Él también lo está capacitando para que participe en la exposición de “Artes modernas” que se realizará en el CENAR, durante la primera semana de noviembre 2008.
El Síndrome de Down tomó su nombre después de que el doctor británico John Langdon Down identificó tal naturaleza en el año 1866. “Es una condición causada por la difusión cromosómica que ocurre en la pareja de cromosomas número 21, de las 23 que tiene todo ser humano”, afirmó Esmeralda Sánchez, de 23 años, Licenciada en Educación Especial. Esta alteración genética consiste en que las células del bebé poseen en su núcleo un cromosoma de más o cromosoma extra, es decir, 47 cromosomas en lugar de 46; esto hace que se forme con características físicas e intelectuales diferentes.....

lunes 1 de diciembre de 2008

Ángeles nocturnos


San Salvador, El Salvador. Son las 9:00 de la noche, hace frío, vientos fuertes y José Antonio Alfaro, de 61 años, inicia su ronda por los pasajes de la colonia Los Ángeles, en el Bulevar Venezuela. Por 12 años ha trabajado como sereno para brindar seguridad nocturna a los habitantes de la zona. Con su estatura baja, piel morena y un bigote abundante tan blanco como las canas de su cabello, Alfaro se esconde entre la oscuridad en espera de la madrugada para sonar su silbato.

Los serenos formaron parte durante décadas del paisaje urbano. Su notable disipación los ha relegado al imaginario colectivo y casi a la leyenda. Ahora, en la era digital y con los avances tecnológicos, hay quien mira hacia atrás y pretende recuperar la tradicional figura del cuidador nocturno; tal como sucede en España, en donde los serenos desaparecieron a mediados de los años 70.

Se extinguieron porque la geografía española decidió adaptar los servicios de vigilancia a las necesidades actuales, y esto incluía contratar a personal capacitado para la seguridad con las armas pertinentes (se sustituyó el machete por la pistola o escopeta). Sin embargo, 38 años después, ciudades como Madrid, Vitoria y Baracaldo los recuperan para aumentar la tranquilidad en tiempos revueltos.

- “Son las dos de la mañana y es hora de tocar el silbato. Cada hora lo hago”, comentó Alfaro, al caminar entre los oscuros pasillos de los pasajes. Sólo los ladridos de los perros acompañan el sonido, mientras los silenciosos pasos recorren las calles para sorprender al malhechor; ya que, en términos de delincuencia, la Alcaldía de San Salvador ha estipulado que las colonias alternas al Bulevar Venezuela son zonas que presentan altos rangos delictivos.....

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viernes 28 de noviembre de 2008

MÁS QUE AYUDAR, ES AMAR


Cuando el proyecto comenzó no estaba pensado para trabajar con niños y niñas de escasos recursos, sino para abrir un taller de corte y confección destinado a mamás que, al no tener los medios económicos para aprender un oficio productivo, quisieron instruirse de forma gratuita.

En 1997 jóvenes universitarios, entre ellos Andrea Romani, quien tenía 22 años, decidieron crear un proyecto que beneficiara a personas de escasos recursos por la situación de pobreza que se vive en El Salvador. En vista de que conocían a los padres salesianos del colegio Santa Cecilia –en Santa Tecla- y que ellos les ofrecieron prestarles dos salones del oratorio San Luis Gonzága, ubicado justo atrás del colegio y el cual también es propiedad de los salesianos, quisieron crear un proyecto en beneficio de la comunidad Las Margaritas, una de las zonas marginales de Santa Tecla más próximas al oratorio San Luis Gonzága. En un principio, la idea era abrir un taller de corte y confección para todas las mamás de la comunidad Las Margaritas que quisieran aprender, gratuitamente, un oficio productivo; sin embargo, como ellas tenían que cuidar a sus niños empezaron a dejar de asistir al taller.
Por este motivo se comenzó a acoger también a sus hijos en un salón y las mamás recibían el taller en el otro. Mientras unos voluntarios cuidaban a los pequeños, los otros que sabían de corte y confección impartían el taller. Al pasar el tiempo, la cantidad de niños era mayor que la cantidad de mamás y por ello se decidió abrir una guardería, porque la necesidad de ayuda ya era diferente.
Fue así como nació la guardería Las Abejitas, ubicada aún, después de 11 años, en el oratorio San Luis Gonzága, en Santa Tecla. El nombre de la guardería surge a partir de la idea de que las abejas son trabajadoras en todos los aspectos. Con el tiempo, aquellos que comenzaron el trabajo han involucrado a más jóvenes, en su mayoría universitarios, quienes son los que ahora mantienen vivo el proyecto teniendo claro que el objetivo de la guardería no es pretender ser la escuela, sino que ir más allá: conocer a los niños y niñas e involucrarse con ellos personalmente siendo amigos . Brenzo Lozano, de 20 años, es un joven que ayuda en el trabajo con los infantes. “Esto te trae cansancio y fatiga, pero el ver cómo sonríen y reciben con tanta alegría y gratitud tu poco esfuerzo me hace feliz”, aseguró.
La guardería Las abejitas abre de lunes a viernes de 2:00 p.m. a 4:00 p.m. Por lo general son cinco o seis jóvenes voluntarios que dan su turno -según las posibilidades que tengan de ir- a Ricardo Díaz, quien es el responsable del trabajo y organización de la guardería. Cada tarde los voluntarios junto con Ricardo van a traer a los niños y niñas a la comunidad Las Margaritas, mientras los otros jóvenes (que se quedan en el oratorio San Luis Gonzága) se encargan de limpiar y ordenar los dos salones antes de que lleguen los pequeños. Como cada salón está destinado a grupos por edad, uno para los niños de uno a cinco años y el otro para los de seis a 15 años, se revisa que todo esté en su lugar: pupitres, sillas, mesas, papelería, entre otros.
Cuando los voluntarios llegan a la comunidad Las Margaritas, los niños y niñas ya los están esperando afuera de sus casas, a excepción de Gustavo, Sarahí y Débora, tres hermanos de dos, cuatro y seis años, quienes esperan tras las barandillas de la puerta de su casa porque su mamá no los deja salir sino hasta que los voluntarios lleguen. “Mi mamá dice que tenemos que esperar adentro de la casa”, comentó Débora, quien se caracteriza por tener unas pestañas largas y rizadas y una voz suave, tierna y dulce. Después de recorrer cada casa para recoger a los niños y al mismo tiempo saludar a sus familias, los jóvenes se dirigen hacia la guardería Las Abejitas, con unos 40 niños entre uno y 15 años. No obstante, hay días en los que la estancia de los voluntarios en la zona marginal Las Margaritas demora un poco, porque hay familiares –generalmente las mamás o las abuelas -de los niños que los detienen para comentarles sobre los problemas escolares de sus infantes. Tal es el caso de Carolina, quien siempre le cuenta a Ricardo Díaz cómo Caro, su hija de 12 años, prefiere hacer las tareas de la escuela en la guardería y por eso aprecia mucho el trabajo de los voluntarios porque son quienes le ayudan. “Caro trabaja mejor en la guardería que en la escuela o aquí en la casa”, comentó Carolina, de 38 años.
El trabajo de los voluntarios en la guardería Las Abejitas está previamente organizado por las reuniones semanales que tienen los muchachos con Ricardo Díaz, ya que es una forma de responsabilizarse con seriedad ante el proyecto. Según la cantidad de jóvenes que lleguen cada tarde, Ricardo distribuye a unos con los pequeños (para que les ayuden en el recorte, coloreado y figuras) y a otros con los grandes (para que les expliquen las tareas de la escuela). “Como en el salón de los grandes hay niños y niñas de diferentes edades, hay una separación en grupos según el grado que cursan”, dijo Ricardo Díaz, de 28 años.

Una realidad cotidiana
Al entrar a la comunidad Las Margaritas , en donde viven más de 400 familias, se observa cómo los pequeños crecen en un ambiente de pobreza y violencia: sus casas son de láminas y muy pequeñas, en donde viven entre cinco o seis personas aproximadamente; por lo que los niños no tienen espacio para jugar y prefieren hacerlo afuera. No obstante, el ambiente exterior es aun peor: entre el mal olor de las alcantarillas que se tapan por la basura mezclado con el olor a frijoles cocidos que realizan todas las tardes algunas mujeres de la comunidad como Carolina y Yesenia, se pueden observar en las esquinas diferentes grupos de muchachos con tatuajes, botellas de alcohol y cigarrillos, que se confrontan entre sí por pertenecer a pandillas diferentes.
El clima que se percibe es sobrio, tenso y contradictorio, porque aun si la pobreza es visible y la delincuencia es notoria, los niños reflejan en la guardería Las Abejitas una alegría inexplicable ante la situación en la que viven; sobre todo porque, durante la noche, es frecuente que la policía realice allanamientos, tirando las puertas y todo lo que en las casas encuentre. Ha habido casos en los que delante de los niños detienen a la mamá, el papá o al hermano mayor, golpeándolos y deteniéndolos a la fuerza. Sin embargo, la policía no da declaraciones sobre estos hechos y los declara confidenciales.
A pesar de todo y aun cuando es difícil entrar a este sitio, los voluntarios de la guardería lo han hecho durante 11 años; ya que se han ganado la confianza de las familias que envían a sus hijos de lunes a viernes para que realicen sus tareas y se diviertan un par de horas, pues saben que en Las Abejitas los niños están felices. El trabajo en la guardería no es sólo con el niño o la niña, sino que hay una cercanía con los problemas que éste vive en su casa, ya que algunos son golpeados y maltratados por sus familiares, pero no denuncian porque para los niños ya son situaciones normales de su ambiente. Lo único que hacen es contarlo a quienes consideran sus amigos: los jóvenes voluntarios, quienes en dos horas les dan el cariño y atención que quizá nunca han recibido en su hogar. Muchas veces un abrazo, un beso o una caricia en el cabello es todo lo que necesitan, y no es necesario tener recursos económicos para poder hacerlo. Fátima Guardado, una joven voluntaria de 21 años, comentó como “cuando uno está frente a una situación familiar tan difícil, te involucras tanto para ayudar a esta persona que la realidad que te parecía extraña, la sientes tuya”, expresó.

Fundación Divina Providencia, creadora de “Las Abejitas”
La Fundación Divina Providencia (FUNDIPRO) es la que sostiene la guardería “Las Abejitas” desde sus inicios y la que ha permitido que, con el pasar de los años, ésta siga creciendo de manera integral. No obstante, por ser una fundación sin fines de lucro necesita de ayudas de todo tipo: materiales de estudio (libros, cuadernos, lápices, entre otros), comida, piñatas y más; por ello, mantienen el proyecto en pie a partir de donaciones que reciben de empresas y de ayudas externas como Asociazione Santi Inocenti (ISI), una asociación italiana que desde el comienzo ha apoyado el proyecto.
El presidente de FUNDIPRO, Andrea Romani, ahora de 32 años, cuenta cómo mandan alrededor de 150 cartas pidiendo alimentos, juguetes, piñatas, pasteles, medicinas, etc. y con sólo que respondan diez se puede realizar una actividad. Por ejemplo: se realizan almuerzos mensuales para todos los niños de la guardería, ya que de esta forma ellos pueden comer, por lo menos una vez al mes, comida nutritiva y saludable como pollo, carne, arroz, verduras y frutas. También durante las fiestas de Navidad o del Día de la Madre se piden donaciones a dulcerías y pastelerías; en ocasiones, los voluntarios se visten de payasos y preparan juegos para la diversión. “A pesar de que no tenemos los recursos como otras grandes fundaciones, estamos ayudando a una gran cantidad personas”, expresó Andrea Romani.
Hace unos cuatro años, los voluntarios de la guardería Las Abejitas junto con FUNDIPRO decidieron realizar, cada dos meses, una jornada médica gratuita, en la cual los niños, niñas y sus familias llegan a pasar consulta. Todo se realiza en los dos salones de la guardería, los cuales se transforman uno en consultorio y otro en farmacia. Para ello, los voluntarios realizan la función de enfermeros: ordenan a las más de 80 personas que llegan, les entregan su expediente clínico donde llevan el control de consultas pasadas y el cual la guardería guarda como parte de su responsabilidad. Después, por orden de llegada, los van pasando con los dos o tres doctores que gratuitamente llegan a dar las consultas.
Los médicos son amigos o familiares de los voluntarios, a quienes se les contacta para pedirles su colaboración en el proyecto. Tal es el caso de Roberto Briones, de 33 años, quien trabaja en Medicina Interna en el hospital San Rafael y colabora con Las Abejitas hace tres años. “El poder ayudar a personas que no tienen los recursos económicos para ir al doctor no es un trabajo, es una satisfacción”, dijo el doctor Briones. Después de pasar la consulta, cada paciente recoge en el salón de la farmacia la medicina recetada, ya que se le pasa un listado previo a los doctores de los medicamentos con los que se cuenta, los cuales son donados por empresas farmacéuticas que responden a las peticiones de los voluntarios. Entre las enfermedades más frecuentes que diagnostican los doctores están: en los adultos, hipertensión arterial y en los niños, parasitósis, desnutrición, faringitis, neumonías, entre otras. “Por fuera se puede ver este trabajo como bueno, porque ayudas; pero, detrás de todo, hay una amistad. Un compromiso humano”, afirmó Andrea Romani.

El objetivo del proyecto no es empresarial, político o económico, sino que es humanitario. Los jóvenes voluntarios, aunque no son expertos en educación, dedican su tiempo a ayudar a niños y niñas sin pedir nada a cambio, porque es un trabajo gratuito. Sin los jóvenes la labor no fuera posible, ya que ellos son el punto de referencia para cada infante. “Este proyecto es un logro para mí, porque con mis amigos voluntarios lo hemos hecho perdurar en el tiempo”, dijo Eva González, quien colabora con el trabajo hace ocho años.



Ayudas que permiten crecer

Fuera de los dos salones de la guardería Las Abejitas, los voluntarios dedican parte de su tiempo para realizar actividades en beneficio del proyecto.

Se realizan cenas benéficas en las que se invitan a amigos, no precisamente jóvenes, que con los años se han acercado al proyecto o personas que desean conocerlo. Durante la noche se explica el trabajo de la guardería para retomar el motivo de la reunión y para presentarlo a los asistentes que lo desconocen.

Los jóvenes voluntarios organizan torneos de fútbol, a los cuales invitan a sus amigos de la universidad o conocidos, para que lleven sus equipos. Al mismo tiempo, las muchachas voluntarias aprovechan el momento para vender bebidas frías obtenidas por donaciones que han recibido.

Todos los años, durante fiestas festivas como el Día de San Valentín y el Día de la Madre, los jóvenes voluntarios venden rosas afuera de las universidades en las que ellos mismos estudian. Ésta es ya una forma tradicional de recoger fondos de ayuda para la guardería Las Abejitas.





Sumarios

La Embajada de Italia entregó mochilas llenas de útiles escolares para la guardería Las Abejitas.

Estudiantes de diferentes universidades del país son voluntarios del proyecto.