Tres historias, tres abusos, tres experiencias vividas en momentos diferentes, pero que revelan la vulnerabilidad de las mujeres en las calles de San Salvador. Una narración que gira en torno al silencio, la culpa, el miedo y el deseo de seguir adelante.
En ese momento ella creía que la vida se le acababa. Su cuerpo diminuto, adolorido por los apretones, temblaba. No tenía fuerzas para seguir luchando. El tiempo le parecía eterno. Lloraba. Estaba aterrada. Apenas miraba las paredes percudidas del cuarto en el cual se encontraba encarcelada. Un golpe en el ojo y las lágrimas le impedían ver con claridad otros detalles de la habitación. Su respiración era cortada, al ritmo del vaivén brusco con el que estaba siendo atacada. Sentía un dolor intenso, como si rasgaran su piel, como si estuviera siendo cortada por dentro. Quería gritar pero no podía.
Después de un año, Flor aún recuerda ese episodio. Mirando al suelo y sosteniendo entre sus manos un pañuelo de papel, con el cual seca sus lágrimas, revive el dolor de aquella tarde de abril. Ese día salió de su casa, ubicada en Ciudad Merliot, y se dirigió a una entrevista de trabajo en una sala de belleza en un centro comercial del Boulevard Los Héroes. Todo parecía normal. Caminó hacia la parada de buses, frente a Plaza Merliot, y ahí esperó cinco minutos hasta que llegó la Ruta 101 D. Subió, pagó su pasaje al motorista y, como era de costumbre, se dirigió al penúltimo asiento del transporte, cerca de la ventana, a la par de la puerta de salida, donde le gustaba sentarse para ver el paisaje y a las personas que transitaban por las calles.
Flor estaba despreocupada y se sentía feliz porque tenía una oportunidad de trabajo, después de más de un año desempleada. Miró el reloj y vio que solo habían transcurrido siete minutos. Iba a tiempo. Su entrevista había sido marcada para las 2:30 de la tarde. El autobús hizo una parada y se subió una pareja de novios, la cual se sentó cuatro asientos adelante del suyo; una señora de unos 50 años, que se ubicó en la primera fila; y un hombre, que aparentaba tener 35 años, que se colocó a su lado. El individuo usaba unos pantalones jeans azules, tenis negros, con apariencia sucia y gastada; una camiseta gris holgada, fuera del pantalón, y tenía una mochila negra colgada en la espalda. Era trigueño, cabello corto y rostro bien rasurado. Flor no recuerda mucho sus facciones, no obstante, perpetúa en su olfato el perfume dulce y ofensivo que cargaba.
En esa época, Flor Amaya, de 32 años, era soltera; pero hacía ocho meses era novia de Luís, a quien conoció por una de sus mejores amigas. Estaba enamorada. Le encantaba su sonrisa y caballerosidad. Aunque sabía que llevaban poco tiempo, su sueño era casarse con él. Vivía con una hermana mayor, su cuñado y dos sobrinos. Su madre falleció cuando tenía 20 años y, aunque conoció a su padre, no se acuerda de él porque abandonó a la familia cuando ella tenía un año y medio. Su antiguo trabajo también fue en una sala de belleza, pero como ésta fue cerrada, se dedicó a hacer oficios como estilista. Algunas personas llegaban a su casa para que ella les cortara el cabello, lo pintara, hiciera tratamientos o arreglara sus uñas. Sin embargo, el dinero que ganaba era muy poco y no tenía mucha clientela. Por mes recibía un aproximado de $210, que le servían para ayudar con los gastos de la casa y pagar sus cuentas. Al final, no le sobraba casi nada para ahorrar. Necesitaba un empleo fijo. Estar desempleada significaba para ella tener que privarse de salir con su novio y amigos, no poder comprar todo lo que necesitaba y ser dependiente de su hermana. Eso la angustiaba y, a veces, la deprimía. Pensaba en abrir su propio negocio, pero para ello debía tener su clientela.
En el momento en el cual aquel hombre se sentó a su lado, habiendo tanto espacio vacío, Flor sintió temor. Estaba inquieta y quiso bajarse antes; sin embargo, creyó que todo era cosa de su imaginación. Intentó tranquilizarse y siguió viendo por la ventana. Habían transcurrido 20 minutos y estaba cerca de su destino. “Dos paradas más y me bajo”, pensó. Empezó a alistar sus cosas, se puso el ala de la cartera en el hombro e hizo seña de levantarse; pero el hombre que no se movió, la agarró del brazo con ímpetu y la volvió a sentar:
-Solo te bajás cuando yo diga. Te vas conmigo y, si intentás gritar, te morís. - Le dijo en voz baja, pero imperativa.
La mujer se puso pálida. Empezó a temblar y con la voz entrecortada le dijo:
-Mire, yo no ando nada. Solo tengo este celular. Agárrelo. Llévese lo que quiera, pero no me haga daño.
-Ya te dije que te estés quieta. Vas a hacer lo que yo te diga…No quiero ninguna de esas mierdas. Vos te vas a bajar conmigo.
-Mire, por favor, no me haga esto…
-¡Callate!
**********
En El Salvador, existe una cifra elevada de mujeres que sufren abusos sexuales. Según el Instituto de Medicina Legal, del 2001 al 2010, han sido atendidas 35 mil 303 víctimas. Entre el 80 y 90 por ciento de ellas son mujeres. Solo en 2008, casi 2,500 casos de abuso sexual llegaron a las puertas de la institución forense. El informe revela que los perfiles y características de estos hechos tienen muchas coincidencias en cuanto a rangos de edades de las víctimas, el prototipo de los agresores y los lugares en que se cometen esos maltratos.
Así como Flor, Ana enfrentó una situación similar en el autobús. Eran las 5:30 de la tarde. Había terminado la última clase del día y estaba cansada. Tomó la ruta 44, cerca de la universidad, y se bajó en el Parque Infantil, donde tomaría el bus de la 20 que la lleva hasta su casa, en Cuscatancingo. Se subió y le molestó que no hubiera puestos vacíos adelante, ya que no le gustaba irse en medio o atrás. Se sentó justo a la mitad y casi a la orilla del asiento.
Ana tiene 20 años. Estudia Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”. Sentada en una de las bancas de la UCA continúa contando lo que le sucedió aquella tarde de marzo de 2010.
A pocas paradas se bajaron muchas personas, y se subió una sola. Era un hombre gordo, no muy alto, moreno. Usaba unos pantalones desgastados, unos tenis viejos y una camiseta blanca. Tenía unos 38 años. Se dirigió hacia Ana y bruscamente se sentó junto a ella empujándola hacia el fondo del asiento.
- “¿Venís de estudiar?”, le dijo. Ana prefirió ignorarlo y dirigió su mirada hacia la ventana. El sujeto le repitió la pregunta. “-Ajá-, le contestó ella. Entre pláticas cordiales, el hombre trató de disimular sus intenciones. Sin embargo, pasaron pocos segundos para que él se aproximara y colocara una cuchilla en su cintura.
Para la sicóloga Marcela Orantes, quien ha tratado a víctimas de abuso sexual, “los abusadores utilizan ciertas modalidades para atacar a las personas como privación de libertad, violencia y el engaño”. A partir de la similitud en los relatos de sus pacientes, sostiene que “el violador, en muchos casos, es una persona que no aparenta ningún tipo de desconfianza y realiza sus actos sin detenerse a no ser que intervenga alguien y lo detenga”.
**********
El sujeto no le pareció sospechoso. Lo que le preocupaba era que no hubiera casi nadie en la parada. Por lo general, La Ceiba de Guadalupe, a las 6:00 de la tarde es muy transitada. Sin embargo, ese día Idalia esperaba sola a su hermano, quien la recogería, como todos los martes y jueves, al otro lado de la calle. Siempre estaba atenta, por lo que se percató, cuando se iba a cruzar la vía, que un hombre se le acercaba, por ello decidió regresar a la acera y darle el paso.
Idalia, a sus 23 años, acababa de terminar sus estudios de fisioterapia y estaba a punto de recibir el título. Esa misma semana sería su graduación. Para ella y su familia era importante celebrar este momento, porque representaba la satisfacción de superarse profesionalmente. Durante la semana vivía con su hermano en casa de sus tíos en Ciudad Delgado, pero los fines de semana regresaba a Santa Ana para visitar a sus padres. Es la mayor de cinco hijos y, por su baja condición económica, tuvo que trabajar desde muy joven para ayudar a su familia.
El hombre aparentaba tener 28 años. Era delgado, moreno claro y cabello castaño. Vestía con ropa formal: pantalón de mezclilla negra, camisa de rayas manga larga y zapatos negros de vestir. Llevaba un ataché en sus manos. “Se veía como un muchacho normal que venía del trabajo”. Parecía tener prisa, pues se aproximó con rapidez y agitación. “Pensaba que me iba a sobrepasar, por eso me detuve; pero, de repente, él agarró mi brazo. Se me quedó viendo a los ojos. Creí que me había confundido con alguien más”. La empezó a halar hacia la dirección contraria, como yendo al Casino Colonial, amenazándola con un cuchillo que sacó de su portafolio. -No grités porque te mato. – Le decía al oído mientras la apretaba contra su cuerpo. Puso su brazo sobre el hombro de ella y, con la mano, sujetaba el arma apoyada en el abdomen de la mujer. Estaba en shock. “¿Por qué a mí?”, me preguntaba. “Yo pensaba ser la única a la que algo así podía sucederle”, relata mientras apoya su quijada en su palma derecha.
**********
Flor quería gritar, llorar, golpear aquel hombre. Veía a las demás personas que estaban en el autobús, pero parecía que nadie se daba cuenta de lo que estaba sucediendo. El hombre la agarró por el brazo y, con fuerza, hizo que se levantara. La haló hacia la puerta de salida. Ella estaba desorientada. Intentó luchar, pero él le volvió a advertir que la iba a matar. Se bajaron cerca del Parque Infantil y él la guió por los adentros del centro de San Salvador. Ella no sabía por qué calles la llevaba. Pasaba por hombres, mujeres, niños; oía gritos, carcajadas, voces que la llamaban a comprar; sentía diferentes olores: perfumes, basura, sudor. Estaba mareada. Quería vomitar. El tiempo le parecía una eternidad. Después de mucho caminar, llegaron a un lugar que parecía un mesón. No se fijó en nada más. Sabía lo que le iba a suceder. Tenía miedo. Quería rezar, pero su pensamiento estaba confuso y no se podía concentrar.
El hombre abrió la puerta de hierro, ya con pintura desgastada de color verde oscuro. El cuarto era mal iluminado. No se podían ver detalles. Había un olor de humedad que era insoportable. La náusea de Flor aumentó. Un colchón sucio estaba en el suelo. Parecía podrido. Al lado, se encontraba una silla de hierro que aparentaba estar arruinada. Flor estaba aterrada. El individuo le empezó a pasar sus manos por todo el cuerpo. La besaba y le halaba su largo cabello para intentar quitarle la cola que ella se había hecho. De repente, le dio un golpe en el rostro y la arrojó al colchón. Agarró la mochila que todavía traía en la espalda, sacó una pistola y volvió a aproximarse. Esta vez, no solo las manos de aquel hombre pasaban por su cuerpo, sino también el arma. Ella sentía cómo el frío objeto se mezclaba con el sudor de su agresor que continuaba besándola. Entre forcejeos, empezó a quitarle la blusa. Le mordió el cuello, las mejillas, los senos. Flor sentía mucho dolor. Un dolor que le arrancaba la piel. El tipo bajó las manos hasta su abdomen y, con un fuerte impulso, arrancó el broche de su pantalón.
**********
Según estadísticas de la Policía Nacional Civil (PNC), en el 2011 el sector más vulnerable en caso de abusos sexuales y que presentan altos niveles de riesgo de violencia son las mujeres jóvenes, entre los 18 y 25 años. Al mismo tiempo, la Encuesta Nacional de Salud Familiar, FESAL, indica que en el 2008 una de cada 10 mujeres reportó violación sexual con o sin penetración.
Mientras fingía cordialidad, el sujeto amenazó a Ana. - “Ahora fingí que somos novios. Este es un asalto”. El hombre registró su cartera y no le encontró nada. Ana estaba aterrada. Si no andás nada me vas a pagar de otra manera”, le dijo. En ese momento ella apretó fuertemente la chamarra que llevaba sobre sus piernas y le suplicó que no le hiciera nada, más sus ruegos fueron en vano.
Con disimulo empezó a meter la mano bajo su blusa, tocando sus pechos. Las lágrimas comenzaron a correr sobre sus mejillas. “No, por favor”, insistía; pero él seguía tocándola mientras presionaba con la otra mano la cuchilla.
Ana no recuerda el rostro del sujeto. Por el miedo nunca levantó la vista, siempre estuvo mirando hacia abajo y solo observaba las manos de su agresor. “Eran gordas, con las uñas negras y mal cortadas. Parecía que se las comía porque lucían despellejadas”, relata, mientras guarda un poco de silencio, porque se le ha cortado la voz. Tiene los ojos llorosos, pero aún así sigue hablando.
El hombre sacó la mano de la blusa y empezó a metérsela en el pantalón hasta llegar a sus genitales. Ana apretaba sus piernas para que él no pudiera meter sus dedos. Pero no lo consiguió. Su mente se puso en blanco y su llanto ya era incontrolable, aunque silencioso. Miró a la par y vio cómo un señor estaba observando la escena. “Aún me pregunto por qué no hizo nada. ¿Es que no le importaba lo que me estaba sucediendo?”, se cuestiona en voz alta y rabiosa. “Si tan solo ese hombre se hubiera parado para ayudarme… ”, dice entre suspiros. El pasajero la vio a los ojos, pero luego se puso de pie y bajó del bus. Fue entonces cuando percibió que nadie más se daba cuenta de lo que le estaban haciendo. Ana hubiese querido gritar que la ayudarán, pero el temor la embargaba.
Volvió a decir “no”, con la voz más enfática, y el hombre sacó su mano. –“Qué chillona sos”, le dijo; al mismo tiempo que le advirtió que él se bajaría en la próxima parada y ella más adelante. Y así lo hizo. Una vez el hombre había abandonado el asiento, ella desató su llanto. Miró por un segundo su reloj, no aguantaba las ganas de estar en casa. Eran ya las 6:15 de la tarde. “¿Por qué me eligió a mí?”, se pregunta todavía, entre lágrimas y aberración. Pasaron dos semanas que Ana no salió de casa. Todavía hoy tiene miedo. Siempre está atenta a cualquier persona que se le acerca, pero sabe que debe seguir.
**********
Había recibido clase de defensa personal hacía un año. Sabía donde golpear al agresor, cómo reaccionar y qué cosas no debían hacerse en caso de un ataque. Sin embargo, ese día no supo cómo actuar. Sus fuerzas no eran suficientes para resistirse a las amenazas y forcejeos del sujeto. La calle estaba oscura y solitaria. Caminaban a pasos rápidos, como si tuvieran prisa. Unos cuantos carros pasaban, pero nadie se percataba de lo que estaba sucediendo. Lo único que Idalia pensaba era que su agresor la iba a matar. A unos cuantos metros, el hombre se percató de la seguridad de una colonia, por lo que decidió cambiar el rumbo y la condujo a unos arbustos cerca del colegio Hermanas Somascas. Habían transcurridos unos 15 minutos.
Mientras recuerda lo sucedido, su voz se exalta y su mirada refleja enojo e impotencia. No lloraba. Parecía indignada. Con sus manos dramatizaba lo que iba contando. Se acuerda que ese día tuvo suerte de vestir con pantalones, de no ser así, el sujeto hubiera abusado de ella con mayor facilidad. “Yo sentía asco de ese hombre. Le tiraba patadas y me resistía a besarlo como él me lo ordenaba. Por unos momentos quería gritar, pero sentía miedo. Los minutos me parecían eternos”.
De repente, el sujeto dejó de tocarla. La empujó hacia el suelo, tomó su cartera y salió corriendo. Todo pasó muy rápido. Desconcertada, se puso de pie, con los ojos llenos de lágrimas. Su cuerpo temblaba. Cuando levantó la mirada, vio que unos policías se le acercaron interrogándola sobre lo sucedido, mientras otros corrían en persecución del agresor, quien había desaparecido rápidamente. En ese momento, los agentes trataron de tranquilizarla, la cuestionaron sobre el hecho y le prestaron el teléfono para que llamara a sus familiares.
Días después Idalia fue citada para reconocer a su agresor; sin embargo, la fecha coincidía con el día de su graduación, y ella optó por asistir a la celebración. Sabía que el asunto se cerraría por falta de su declaración; no obstante, para ella sería inútil ir a testificar. “Yo creo que este tipo de casos nunca se resuelven y los delincuentes quedan en libertad (...) Para mí era fundamental ir a mi graduación porque mi familia y yo luchamos por ese momento y pasamos por muchas necesidades para conseguirlo”, dice. Sin embargo, interrumpe su relato como si aún faltara algo más por decir. Hace una pausa y se pone pensativa. Duda un momento, pero continúa explicando sus razones. “Para ser sincera, siempre pensé primero en mis papás. Ellos no merecían que les arrebatara ese momento. Siempre hicieron todo por nosotros. Esa era mi forma de agradecerles”, afirma sin levantar la mirada del piso.
“Para mí fue difícil, pero a veces estas cosas que te pasan en la vida no pueden impedir que sigás con tus proyectos (…) Por eso preferí no ir a la policía, porque corría el riesgo de estar frente a frente con mi atacante y él me podía buscar después. Además, por lo general, a las mujeres siempre se les culpa de provocar a los hombres, por cómo andás vestida o la manera en que caminás; entonces, ¿para qué complicarme más?”, expresa.
Idalia ha preferido no contar a nadie lo sucedido, pues cree que es algo muy penoso y no todas las personas lo comprenden. Incluso dudó mucho al hablar de su historia. “Hay quienes te ven mal si saben lo que te ha pasado, como si una fuera la culpable (…) Yo no quise esto, jamás lo pensé (…)” dice, pero luego guarda silencio.
**********
Para Orantes, el abuso sexual no solo es una violación al cuerpo y a la confianza; sino que también es un quiebre a los límites personales, emocionales y sexuales, los cuales provocan marcas a nivel físico, emocional, espiritual y psicológico. No obstante, en algunas ocasiones, todas estas cicatrices son el punto de partida para que la persona que ha sido abusada pueda comenzar su proceso de recuperación, y aprenda a sobre llevar lo que le ha sucedido.
Flor para de hablar, mira hacia fuera de la ventana a unos niños que corren y mueve la pierna derecha con inquietud. Aprieta el pañuelo con sus manos, respira hondo, se seca las lágrimas. Desde que todo sucedió, aunque recibió el apoyo de su familia y de su novio, quien ha estado con ella siempre para ayudarla a enfrentar lo que pasó, su vida no ha tenido paz. No siente seguridad a la hora de salir sola a las calles. Cuando está en casa, siempre se cerciora de tener las puertas bien cerradas para que nadie pueda entrar. A veces tiene que tomar pastillas tranquilizantes para dormir. Tiene pesadillas constantes. Sueña que la persiguen y luego se pregunta si en verdad sucedió. Cualquier mirada en la calle es sinónimo de peligro. Pocas veces responde un “buenos días” y da saltos bruscos cuando le preguntan la hora. Ha perdido peso y ya no le gusta maquillarse tanto. Tiene la apariencia cansada.
Junto al asiento está la foto de una joven sonriente. La mira y dice: “Era yo”. Flor asegura que no ha pedido ayuda profesional porque cree que lo puede superar sola. “Quizá con el tiempo vaya pasando…”, se consuela. Mientras tanto, trata de vivir. Tiene un salón funcional en su casa, en el cual atiende a sus clientes seleccionados. “Si alguien que no conozco ve el letrero y dice que quiere un corte, hombre o mujer, llamo a una vecina para que venga a hacerme compañía”, expresa.
Una radio suena con fuerza en una de las casas vecinas y Flor comienza a tararear la canción. “Me encanta la salsa”, dice con una sonrisa a medias. El pañuelo de papel está un poco más gastado por las lágrimas. Dice un “pues sí” ahogado y continúa.
Recuerda que el calor era insoportable. Flor tenía la mirada fija en el techo. No quería poner atención a lo que le estaba sucediendo. Tantas cosas pasaban por su cabeza, recuerdos de cuando era niña, “¿qué hice mal?, ¿será que yo lo provoqué?, la entrevista de trabajo… soy una idiota, ¿por qué me subí a ese bus? ¿Por qué fui? ¿Por qué, Dios? Mi novio, mi mamá, qué vergüenza…”, luego la mente en blanco…
En este momento parece más tranquila, como si ya todo hubiera terminado. Calla por unos instantes, pero luego revive lo que le sucedió. Ahora habla más rápido y con desesperación. “Volvía a ver el techo mientras sentía cómo el sudor me brotaba en la piel. Me preguntaba si estaba sangrando por el fuerte dolor. A lo lejos escuchaba los gruñidos de aquel hombre, mordiéndome”. Sentía que el tiempo le era eterno, sin embargo fue hasta que el sujeto hizo un ruido estridente que supo que todo había terminado.
Culpabilidad, reproches, depresión, fobias, ansiedad, imposibilidad para regular el afecto, enojo, fobia, problemas de relación con otras personas, dificultad para confiar en los demás y confusión son algunos de los síntomas que las víctimas pueden llegar a presentar después de haber sufrido algún tipo de abuso sexual, asegura la sicóloga Orantes.
En verdad solo habían transcurrido algunos minutos. “Él se levantó, se arregló el pantalón y la camisa, sin soltar la pistola me dijo que me fuera, que si gritaba me iba a matar. Quedé inmóvil. Con paso lento me arreglé la ropa; y, mientras me veía, se tocaba su pene. Me rompió la ropa interior, y las lágrimas me habían quitado el maquillaje”. Flor sentía el cuerpo caliente, él abrió la puerta y le tronó un beso. “Si querés volver, ya sabés dónde estoy”, son las últimas palabras que recuerda.
La gente me veía raro en la calle, pero nadie me preguntó si estaba bien. Por mi apariencia parecía una mendiga. Reconocí después de caminar varias cuadras bajo el sol la Plaza Morazán y le dije a un taxista que me llevara a mi casa. Me vio desconfiado. Le pagué antes, pero no me quería llevar. Pensó que estaba ebria o que era una prostituta, por cómo me veía. “Y la verdad es que me sentía así. En el camino no dejé de llorar. Al llegar a la casa, me quité la ropa como si estuviera quemándome, y me bañé por casi una hora. ¿Ir a la policía? ¿Para qué? El mal ya estaba hecho”.
Está sentada en la sala de su casa, pero parece que todo le es ajeno. “En ningún lugar me siento segura… Siento como si él fuera a volver”. En ese momento no resiste más y llora. Es un llanto inexplicable, profundo, doloroso. Desgarrador. Lágrimas y silencio. No levanta la mirada. Silencio. La música salsa sigue en la casa del vecino, los niños juegan afuera. Pero adentro solo hay silencio. El pañuelo de papel ya está deshecho. Las palabras sobran. Flor no tiene nada más que decir.
